Anakary (Coro)

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Anakary Vásquez. Destinada a vivir, desde hace un poco más de dos décadas, del lado de la platea con un antifaz vienés, por tanto es inútil escribir una biografía convencional. Mis causas son las herejes. Carezco de virtudes pues estoy viciada de inHumanidad absoluta.

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Mis amigos me asustan

En el amor siempre hay algo de locura, mas en la locura siempre hay algo de razón.

Friedrich Nietzsche

 

Cada cabeza es un mundo, dicen por ahí, la mía por su parte, conserva recuerdos que ni los fármacos y los electroshock podrán aplacar la verdad, no con las prueba, sí el diario, el macabro diario que planeó la condena de estas vida. Son viejos recuerdos, muchos han sido colectados de las vidas de las dos mentes creadoras de este plan siniestro que nos condenó a vivir encerrados. Quiero con esto, mostrar la verdad,  limpiar mi nombre, no, no, no solo eso, mi honor, sí mi honor y que ojalá sirva la pena para salir de aquí…

La historia se remonta en la última década de siglo pasado, con dos hermanas, muy parecidas, eran muy pálidas, tenían un precioso cabello largo color azabache, la única diferencia era que la menor, llamada Susana tenía los ojos pigmentados con un particular verde oscuro, y la mayor por su parte tenía ojos castaño, y tenían una ínfima diferencia de estatura. Crecieron en una casa llena de lujos, con unos padres dedicados totalmente a su trabajo, que a la hora de jugar con las niñas estaban muy cansados, así que el cuidado y crianza de las damitas estaba a cargo de una señora mayor llamada Ágata, quien había quedado viuda y sin hijos.

Cuando la menor tenía cuatro años, acaeció un infortunado accidente en la casa de los señores Acacio, mientas la mayor empujaba a su hermanita en el viejo columpio, que perteneció a la señora Acacio, la pequeña rodó y cayó rompiéndose la cabeza con una piedra. El primer grito que retumbó en el parquecito trasero fue de la sirvienta, que le iba servir galletas a las pequeñas, esto fue el detonante para que todos los peones y sirvientas se asomaran y llenaran el lugar de gritos y espanto, en esta conmoción la mayorcita de las niñas, Esmeralda, presenció esto con profundo horror, la señora Ágata se la llevó de los brazos de inmediato. A partir de ese entonces, la señora Acacio se distanció más de su hija y ella por su parte, presentó severos problemas de conducta que su padre atribuyó a la muerte de su hermanita, una conducta pasajera, concluyó; pero el señor estaba equivocado, esas extrañas conductas se intensificaron a medida que pasaron los meses. Como la vez que le contó a su padre, que Cristal, su amiga imaginaria, le dijo que cortara los vestidos de mamá e hiciera otros más bonitos, o las veces que le pidió a Ágata que le hiciera compañía en su cuarto porque había unos niños que le susurraban cosas feas cada vez que se quedaba sola.

La experiencia de Esmeralda en el colegio era un tormento, sus compañeritos la señalaban y la llamaban “la loca”, razón suficiente para que la pequeña siempre jugara sola o se quedara en el salón viendo a través de la ventana, con la esperanza de ver a Ágata salir de un arbusto, como antes lo hacía, pero no tardó mucho tiempo para que las maestras se dieran cuenta de este hecho así que decidieron contárselo a su madre, a partir de ese entonces su nana no la buscó más. Por esa razón, ella se sentaba a esperar a sus amiguitos Pepe y Anita, los que vivían en la ciudad de algodones de azúcar, para que la vinieran a rescatar, pero el tiempo transcurría lentamente y Esmeralda empezaba a escuchar silbidos y ordenes de los niños malos de su armario, pero ella sabía que era un juego de su mente, porque era imposible que estuvieran en la escuela, no allí. Ahí tenía que soportar las risas y las miradas descaradas de sus compañeros. ¡Ah, si vinieran Pepe y Anita!- pensaba siempre Esmeralda con nostalgia.

El señor Acacio tomó medidas contra estos comportamientos, pero nunca le explicaron de manera directa a su hija, así que la pequeña no entendió el día que su hermanita cumplió 3 años de muerta, ella en su inocencia le dijo a su papá que Susanita le dijo que los veía y los seguía a todas partes, éste no pudo esconder su frustración y  la zarandeó con fuerza diciéndole que no fuera más una niña chiflada y luego rompió a llorar y se alejó dejando a la niña pasmada quien Ágata la llevo en sus brazos. Esmeralda tampoco entendió las constantes visitas al doctor de los laberintos, un eufemismo que inventó su padre para referirse al psiquiatra, ya que le explicaba: -Esmeralda, hijita mía. El laberinto que tienes en tu cabeza es el más complicado de todos por tanto, tienes que visitar siempre al doctor para que consiga la salida al tuyo. La niña no entendía, ya que el doctor se dedicaba a observarla detrás de su escritorio mientras ella jugaba o pintaba. A veces, le hacía una monserga de preguntas que Esmeralda no veía nada sorprendente para que el doctor escribiera tanto en sus notas. Un día, ella le preguntó si alguna vez le dejaría ver sus notas, él solo se limitó a observarla por encima de sus lentes y una mueca forzada se extendió por su boca, que Esmeralda entendió como una sonrisa, así que a ella se le hacía incomodo hablarle con confianza. El doctor le regaló un diario, donde tenía que escribir los grandes proyectos de su vida, ella no sabía que grandes proyectos podía tener una niña de 11 años, el doctor le dijo que a su tiempo sabría cuáles. Desde la vez que le dijo a su padre lo de su hermanita, las visitas al doctor se hicieron más tenebrosas, se le erizaba la piel cuando pasaban de largo el despacho del doctor, y se adentraban a un oscuro corredor, ella veía que las paredes flameaban y estiraban cuando pasaban, al final estaba la Habitación Blanca, esa que era fría, con una espantosa pulcritud de paredes con ese color enfermo. En el medio, había un viejo aparato donde sobresalían los grandes electrodos y en el medio de la habitación estaba, lo que Esmeralda la desarmaba, un frío camastro metálico. La niña se aferraba a la mano de su madre, pero esta escéptica ni la veía, las enfermeras la apartaban con brusquedad, ella lloraba histérica le rogaba a su padre que hiciera algo, y él solo le sonreía diciéndole que todo era por su bien. Cuando la acostaban, se sentía vulnerable con esa fuerte lámpara cegándole los ojos, al hacer contacto su piel con el metal se sacudía con violencia, las enfermeras la aferraban a la camilla con unas correas desgastadas. De inmediato sentía la pomada fría en su frente que le aplicaban, luego los enormes electrodos que le escrutaban en su cabeza, le abrían la boca y le introducían una almohadilla entre los dientes. Mientras luchaba para salir, escuchaba ese electrizante sonido infernal, de inmediato un fuerte dolor de cabeza la asaltaba como si le estuviesen friendo el cerebro y su cuerpo convulsionaba como loco. Luego de eso, no recordaba más, solo un vestigio de dolor rondaba en su cabeza y las charlas con su hermanita y los niños malos de su habitación cesaban por un tiempo.

Cuando llegó el momento para entrar a la universidad, Esmeralda ya no era la niña rara y asustadiza de antes. Estaba decidida empezar de nuevo, hacer amigos reales y mostrar su carisma ante todos. Aunque ya la joven Esmeralda había madurado sus ratos de  soledad la acompañaron hasta bachillerato, porque ya todos sus compañeros habían creído que ella era la misma de cuando niña. Así que en esta nueva etapa se dispuso a borrar esa imagen y crear otra mucho más agradable a todos, donde todos caerían rendidos ante su amabilidad y carisma y estaría dispuesta a conseguir lo que perdió cuando tan solo era una niña.

Sus padres la dejaron irse a una pequeña ciudad universitaria ubicada en el occidente del país acompañada de Ágata. El primer día en la universidad, todos quedaron encantados con aquella muchacha menuda de aspecto infantil que irradiaba alegría, llena de una gracia contagiosa, a pesar de que Ágata la visitaba a menudo en la universidad eso no fue excusa, para que sus compañeros sucumbieran a sus encantos, formaban un corro alrededor de ella, escuchando lo que ella les decía del lugar donde venía. Esmeralda por tanto, hizo amigos de inmediato, entre ellos estaba una muchacha llamada Virginia con un hermosísimo cabello negro, la vieja Ágata se lo acarició una vez que estaban reunidos todos en el cafetín con un gesto imperceptible captó la atención de Esmeralda y ambas se vieron con una fascinación cómplice, sin darse cuenta que el novio de Virginia llamado Jaime presenció todo con espanto. El muchacho desde el primer momento que vio a Esmeralda la vio con recelo como si oliese su pasado e incluso, una vez Ágata lo sorprendió cuando éste les decía a sus amigos, que esa muchacha traía algo raro, no era prudente fiarse de ella, plagada de una inocencia y simpatía que le ponía los pelos de punta. Es lógico que la anciana se lo contó a su niña, ambas no le dieron importancia, pero estaban alertas.

Como la condición que le puso el padre de Esmeralda, era pasar informes mensualmente de su estado anímico, Ágata se ausentó por unos días para informarles a los patrones los enormes progresos de la niña. Uno de esos días, Jaime fue a la residencia de Esmeralda para confrontar a la muchacha y ver si tal vez, sin la vieja entrometida, le decía a qué vino además de estudiar, no le importó si lo tildaría de loco, pero su instinto le decía que ella traía algo entre mano. Cuando pasó por su ventana, escuchó una voz muy baja pidiendo clemencia, era como si estuviese reprimida, él se asomó lo más quedo posible, ella estaba de pie de frente a la pared, con su mano hacía trazos invisibles, se oía lloriqueos mientras decía: -No, no por favor. ¡Basta! Ustedes son mi invención, yo los creé. Están aquí- dijo esto mientras se presionaba con fuerza su cabeza.

Los días siguientes, Jaime no dijo nada de lo que vio. Pensó usar más adelante ese episodio que presenció a su favor, no ahora, tenía que tener pruebas más contundentes y así desenmascararlas a ambas frente a todos. Aunque no desechó la idea, de convertir a la muchacha en el hazmerreír del grupo, reprimió ese impulso por los momentos, optó por ser paciente.  Cuando Ágata volvió, quiso darle la sorpresa a la muchacha de su llegada y se apareció en la universidad mientras almorzaban en el comedor, la muchacha al verla se le iluminó el rostro de alegría y se arrojó a sus brazos, algunos se rieron con una risa inocente sin el menor atisbo de maldad, como si todas las cursilerías de la muchacha eran saldadas por su encantadora personalidad. Cuando Jaime terminó con su almuerzo se dirigió a los contenedores de basura a votar sus desperdicios, en el trayecto fue abordado por la anciana, sin ninguna muestra de carisma le preguntó secamente que hacía husmeando en la residencia de Esmeralda, el muchacho respondió con sesgo: -No sé de qué me habla, señora.

Pasaron los meses y Esmeralda seguía siendo el centro de atención del salón y en especial de su grupo. El joven Jaime no pudo averiguar algo de la muchacha, ya que ella nunca hacía referencia de donde vivía anteriormente o quienes eran sus padres. Solo hablaba de cuestiones desvinculadas a ella, o a veces hablaba como era el lugar donde creció, ignoraba cuando le preguntaban algo personal, o cambiaba de tema lo más natural posible.

Se hizo semana santa, los que no eran de esa localidad se fueron a sus tierras, Virginia y Jaime como eran naturales de esa ciudad se quedaron, y Esmeralda también se quedó alegando que la tranquilidad del lugar era más propicia para estudiar ya que se acercaba la temporada de exámenes. La última semana de clases, Esmeralda invitó a Virginia a su residencia por un fin de semana para estudiar y compartir entre amigas. La muchacha accedió encantada. Esa noche Jaime suplicó a su novia para que declinara la invitación. Ella no le hizo caso porque no encontró justas sus razones.

Al día siguiente sin ser visto siguió a Virginia con una distancia considerable, Esmeralda quedó que se verían en la plaza que estaba a dos cuadras de su residencia porque de allí comprarían algún aperitivo en un local no muy lejos de allí. Esmeralda no se encontraba sola, estaba respaldada por la vieja Ágata con un enorme bolso de mano. Ambas condujeron a Virginia a un oscuro callejón por la proximidad de los edificios, entraron por una enorme puerta lateral. El muchacho como fue lo más lejos posible y estaba pendiente en no ser visto no reparó en lo solitario y apartado del callejón. Cuando entró en el callejón habían pozos de agua acumulada, olía a orina y excrementos de gatos, Cuando encontró el portón por donde entraron, pendía un desgastado anuncio que decía “DEPÓSITO, NO ENTRAR”, entró, era muy oscuro una débil luz iluminaba al fondo. Era un depósito de ropa, había muchos bustos y cabezas de maniquíes sueltos. Otros modelaban el cuerpo completo, habían de niño, niña, hombre y mujer, pero tenían algún defecto, como uno que le faltaba los ojos, otro las manos, y había uno que le heló la sangre a Jaime, era el único maniquí de mármol, era un cuerpo de mujer pero le falta la boca, como si la hubiesen roto a pedradas. Había varios brazos que salían de enormes cajas, todo aquello parecía una macabra pantomima de los restos de una matanza de maniquíes. Jaime embelesado por este lóbrego espectáculo se olvidó de su objetivo, hasta que una de las estaciones de Vivaldi empezó a resonar a lo lejos, arrancó una de las manos de mármol del maniquí y lo tomó como arma, empezó a avanzar con pasos cortos, llegó a la puerta estaba casi entornada se asomó con sigilo, vio a la vieja poniendo con cuidado un busto sin cabeza en una magullada silla, Esmeralda del otro lado se dirigía, con las manos enfundadas en guantes de látex y con un filoso escalpelo en la mano, hacia una indefensa Virginia atada y amordazada gemía débilmente opacado su llanto por el adhesivo, cuando Esmeralda se acercaba con una sonrisa siniestra, los gemidos de la muchacha de hermosos cabellos acrecentaron, el muchacho le convulsionaban las manos y como pudo llamó a la policía pero como sabía que tardarían en llegar buscó la manera como entrar y vio una escalera que atravesaba el salón, subió por ella con sigilo, y cuando estaba justo encima de Esmeralda se dejó caer con todo su peso y la mano de mármol cayó sobre su cabeza sonando un fuerte golpe seco, había rebotado en su cabeza y la muchacha cayó inconciente, de pronto un grito retumbó el lugar, era la anciana que gritó histérica: ¡MI NIÑAAA! Y se desplomó. De inmediato llegó la policía y viendo el cuadro se llevaron a Jaime. El muchacho gritaba que la culpa era de la vieja y la loca, él lo hizo como última alternativa. No le creyeron. Los argumentos de Virginia  no eran suficientes, lo tomaron por loco, y lo condenaron a cumplir su pena en un sanatorio de salud mental.

Esmeralda quedó catatónica, desde entonces reposa en su casa, su mirada es vacía y no tiene consciencia de lo que pasa a su alrededor, la vieja Ágata se murió de un infarto al sufrir una fuerte conmoción al ver el reguero de sangre de la muchacha. Jaime desde entonces cumple su pena en el sanatorio, su familia y Virginia buscaron pruebas que demostraran la verdad, un día después del “incidente”, los padres de Esmeralda aparecieron, Virginia como para ese entonces era menor de edad, los padres de infortunada nunca la vieron, así que usó su anonimato para acecharlos hasta descubrir donde vivían, pasado 5 años quiso revolver el pasado de la que truncó los sueños de su novio. Se hizo pasar por una funcionaria del antiguo psiquiátrico que visitaba Esmeralda, pudo recolectar todos los testimonios de sus padres, las criadas de la casa, sus antiguos compañeros de primaria, e incluso sus ojos tuvieron el deleite de contemplar el lastimero estado de la pérfida que trató de despojarla de su hermoso cabello, claro que se asemejaba al de ella, pero jamás lo igualaría. Mientras la vio, le dijo que trataría de buscar hasta el más mínimo detalle de su vida para hundirla a nada. Cuando tomó sus cosas para irse, vio un cuaderno que sobresalía al fondo de su cama, lo tomó y lo introdujo en el bolso, se volteó para despedirse de Esmeralda y creyó ver que a la catatónica se le humedecieron  los ojos. De vuelta a su casa, leyó el diario, y tenía todas las pruebas que demostrarían la inocencia de su novio, mostraba todo el porqué escogieron esa tranquila ciudad, el momento para emboscar a alguien que tenga alguna característica parecida a la de su hermana, y todo ese plan malévolo era con un único fin: revivir su hermana menor a través de una muñeca vudú con el aspecto más semejante de ella.

Virginia horrorizada y a la vez fascinada fue a contárselo a su novio, cuando se lo contó ambos rieron con locura, se abrazaron creyeron que el mundo era de ellos, pronto liberaría a Jaime. Emocionada Virginia se lo contó a todos los enfermeros estos la vieron con ojo crítico, y le dijeron que los acompañaran a ver al doctor, desde entonces mi querida Virginia me hace compañía, la creyeron loca. El diario, la muy lista de Esmeralda lo tenía planeado, no tenía identificación, ¡creyeron que mi Virginia lo había escrito todo!. A Virginia y  a mí tratan de mantenernos separados, pero ahora estamos escondidos en el despacho del doctor de los laberintos. Creemos que a través de la publicación de esta historia tal vez nos crean y seamos liberados. Nos embarga una felicidad insaciable, reímos fuertemente, pero ERROR, los enfermeros nos escucharon, vienen por nosotros, no, no, no puedo permitir, a Virginia le están poniendo la camisa de fuerza, sus gritos me embrutecen, le di una patada a uno de ellos, y ahora ¡NOOOO!, ¡la Habitación Blanca no!, introducen una inyección en mi muslo, allí nos llevarán, empiezo a desvanecer, pero no importa tengo la convicción que tú nos creerás, sí…

2 pensamientos en “Anakary (Coro)

  1. Anakary dice:

    Confieso que este cuento lo escribí hace tres años,en un intento de encerrar en un frasco un montón de ideas que tenía en la cabeza, y sí, inferiste bien, en esta época leía un mismo estilo narrativo. Ciertamente, tienes razón con respecto a la narración, ya el tiempo y los libros se encargaron de enseñarme a que el cuento breve es más domable, pero quise mostrar uno de mis primeros cuentos (no tan breves) por la nostalgia a la ebullición espontánea de ideas ja,ja. Gracias por leerlo, gracias por tus observaciones.

  2. Bien, me costó un poco leerlo en su totalidad. ¡No sé a dónde va!
    Vale, tienes tela de dónde cortar pero quisiste “contar” tanto que terminó siendo un pequeño nudo de información, de descripciones de hechos dispersos, de culebrón.
    Sin embargo, no sé qué edad tienes pero puedo medio predecir qué lees. Te recomiendo (si me lo permites) que aproveches lo que tienes pero le des un giro, leas otras cosas, te nutras más… creo que tienes madera para escribir cuentos largos o novelas pero necesitas leer y vivir un poco más, aprender a contar… en una línea, en 47454798 pero contar.

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