John (Coro)

32913401Jonathan R. González (John). Nací el 31 de Mayo del 91. Estudié Turismo en Mérida (IUTE), Ing. en Sistemas (IUPSM) y curso el 5to semestre de Educación Mención Lengua, Literatura y Latín. Miembro de la Cátedra Libre de Literatura Agustín García. La expresión a través del arte es la mejor manera de comunicarse, lástima que aún en estos días busquen callarnos. Cero políticas y un roce de anarquía. Paz y buenas vibras. Nada de pérdida de tiempo, de eso está hecha la vida. Miembro de la Cátedra libre de literatura Agustín García. También forma parte del Grupo Literario Febrero.

El Pianista.

       Hoy fue el día más corto y será la noche más oscura. –Se dijo Julián mientras se ajustaba el lazo del traje. Efectivamente, estaba en lo cierto. El transitar de la luna por el cielo se había hecho perpetuo ya a partir de las seis de la tarde. El teatro, con sus coloridas letras alumbradas por bombillas, anunciaban el concierto donde se interpretaría un alto repertorio de sonatas para piano hechas por Beethoven, Chopin, Mozart, Schumann, etc. Se había estado anunciando todo el mes y los boletos se habían agotado. Ahora, el joven intérprete se encontraba en ese camerino improvisado, bañado en una luz segadora. El traje era alquilado, un par de tallas más grande. Sus zapatos, que en cualquier otra ocasión hubieran recordado a los de un mendigo, ahora relucían como nuevos. Sus rizos costaban un poco más en mantenerse a un nivel presentable ante la audiencia y los críticos que lo escucharían por primera vez.

      Es el resumen del mundo. Su absoluto espejo. – Murmuraba Julián ante el espejo. Aún no comprendía el por qué de esa necesidad de recitar el poema de Oliveros. Seguramente algo en ese verso lo tranquilizaba, lo hacía sentir seguro ante la muchedumbre que le tocaría complacer solo con las notas del afinado piano de cola que esperaba sobre el escenario, oculto detrás del telón de terciopelo rojo.

El teatro se iba llenando de la clase social más selecta de la ciudad. Hombres engalanados en compañía de sus esposas mucho más jóvenes. En algunos casos era lo contrario. Iban ocupando sus asientos. Tomaban el panfleto con delicadeza, o más bien con miedo de que la tina les tiñera los dedos de negro y azul.

Tan pronto como se acomodaron todos en sus respectivos lugares, asignados según el código que estaba impreso en sus boletos, las luces disminuyeron dramáticamente hasta dejar todo el teatro casi a oscuras. El telón se abrió. El joven Julián apareció en el escenario guiado por una luz que lo seguía vigilante, como si Dios quisiera que todos los presentes se enteraran de que ese joven seria el responsable del disfrute o disgusto de sus vidas esa noche. La luz lo acompaño hasta llegar al piano, también alumbrado por la misma luz celestial. Los aplausos se sintieron cálidos. Julián realizo una reverencia ante los espectadores antes de sentarse en el taburete. Destapó las teclas del piano, ese marfil reluciente le hacia una invitación a la interpretación, a la oda a los grandes del romanticismo, a homenajear a sus ídolos. Y comenzó. Poco a poco, Beethoven se apodero de las almas de cada uno de los espectadores que parecían asombrados con la destreza del joven mientras interpretaba la Sonata Claro de Luna. Sin embrago, los murmullos, que si bien no eran percibidos con claridad por el pianista, le hicieron caer en la realidad de que algo no estaba saliendo como lo planeado. Tan pronto como el fuego arde ante el combustible, los susurros se transformaron en abucheos hacia el joven.

      ¡Para de tocar! – gritaban algunos, mientras el resto se levantaba de sus asientos, no para marcharse, sino para realizar señas obscenas al joven que se encontraba disimuladamente atónito ante la reacción del público presente. El rechazo se hiso cada vez más evidente. Julián no sabía qué hacer, solo tocar.

De pronto, en medio de un reconocible y comprensible sudor frio, el traje, que ya le quedaba grande antes de salir a escena, comenzó a quedarle mucho más grande aun. Los zapatos se salieron de sus pies, mientras que el taburete donde estaba sentado se hacía más grande. Julián no sabía qué hacer ante lo ocurrido, solo tocar y terminar la pieza, aunque las mangas del smoking y su camisa dejaban sus manos ocultas. El publico vociferaba maldiciones al joven que poco a poco iba desapareciendo entre su traje alquilado. “Es el resumen del mundo…” repetía Julián en su mente mientras los pantalones se caían al suelo. Sus piernas dejaron de existir ante la mirada y los insultos del público asistente que parecía odiar más y más al pianista. Muchas más maldiciones, gestos y escupitajos iban dirigidos a Julián, al que solo le quedaban unos muñones  donde solían estar sus brazos que aun intentaban terminar la pieza. Su torso, cuello y cabeza se fueron ocultando lentamente en el traje, como si lo estuviera devorando. Así, en medio de gritos sordos, el pianista desapareció, aparentemente devorado por su vestidura. El público asistente calló sus insultos y se dedico a observar solo un ropaje vacio sobre el taburete frente al piano. La sonata quedo incompleta mientras un silencio terriblemente inquietante se apodero del lugar. La mirada del público era única. Los abucheos cesaron y el teatro estallo en un aplauso orgásmico. Hombres y mujeres lloraban de alegría y gritaban odas y alabanzas al pianista desaparecido. Algunas rosas cayeron ante las patas del piano como señal de respeto y admiración al joven que había estado hace apenas unos minutos ante ellos. Todos los presentes se encontraban verdaderamente extasiados y complacidos, mientras veían la mariposa que había salido del traje arrugado, revoloteando bajo las tenues luces del teatro, hasta posarse sobre las teclas aun destapadas del piano.

 ***

El Abuelo.

      Hace tiempo, cuando las nubes se tomaban la molestia de convertir la ciudad en tinieblas, se tenía por costumbre usar guantes en las manos. Aún desconozco el por qué de tal situación. Sin embargo, muchas personas dedicaban gran parte de su vida al arte de cubrir sus manos con elaborados tipos de guantes, de variados diseños y colores llamativos. No sé porque, para mí, solo fueron guantes. Ahora mucho ha cambiado desde aquella época desagradable. – Repetía constantemente Miguel a su público invisible.

Sus monólogos eran extensos y fingían ser filosóficos. El cabello forzosamente peinado hacia un lado delataba, sin lugar a dudas, el rasgo más característico de su desequilibrada personalidad. Sin embrago, al observarlo detalladamente, era evidente que la obsesión de Miguel por la buena apariencia se centraba solo en su cabello. Le importaba un pepino si su ropa estaba arrugada o manchada de ese café que se tomó con la prostituta hace unos meses atrás. Solo importaba su cabello, nada más.

Eso, sumándole lo curioso que puede llegar a ser el ser humano, era su perdición y el alivio de todo el que se atreviera a mantener una conversación con ese desastre de persona.

Ahora se encontraba sentado en la parada de autobús, solo llevaba un globo rojo consigo. Es inquietante ver a un hombre de unos cincuenta años, desarreglado totalmente, pero increíblemente bien peinado, sentado en la banca de la parada solo con un globo rojo en sus manos. Resulta más inquietante aún saber que Miguel sufre de globofobia. Ahora, en medio de ese escenario surrealistamente forzado, Miguel ya no se encontraba solo. A su lado, de pie, como siempre, se encontraba aquella mujer a la que todos en la ciudad admiraban con locura. Miguel la observó cuidadosamente. Por un momento pensó que no podía ser real, que se trataba de una broma pesada de algún idiota sin oficio. Pero miró cuidadosamente su máscara, esa máscara negra que todos en la ciudad habían comentado alguna vez. No había duda, era ella.

Él se levanto de la banca y camino hasta ubicarse justo en frente. En un principio sintió miedo, pues no era común encontrarse a semejante personalidad así  por casualidades de la vida.

      ¿En serio eres tú? – Preguntó Miguel, extasiado.

            Hablaba con ella como quien habla con alguien que conoce toda la vida. A pesar de tener solo unos segundos de haberla abordado en aquella parada de autobús, ella no parecía importarle la apariencia desarreglada de aquel que se atrevía a mirarla a la máscara. Miguel comenzó a detallarla disimuladamente: La túnica, que era de un color que él nunca había visto, a penas tocaba el suelo. Su cabello, rizado de color castaño, llegaba a la altura de los hombros. Los brazos descansaban frente a ella en posición de inocencia, como una niña que está a punto de confesar un secreto a su madre. En sus manos llevaba el maletín de cuero de caimán que todo el mundo deseaba. Era alta, increíblemente alta. Pero lo más excitante para Miguel era, sin duda, la máscara, de color oscura, inexpresiva.

        ¿Entonces es cierto? ¿Todo lo que dicen los otros extraños? – preguntaba él.

Ella se limitaba a asentir con la cabeza, sin emitir palabra. Tampoco le hubiera sido posible hablar con aquella máscara negra cubriéndole el rostro.

-¿Me mostraras? – Pregunto Miguel, con una sonrisa que no lograba disimular. Estaba encantado con la idea retorcida que acababa de proponer.

Ella negó.

       ¡Anda. Por favor. Ha sido el sueño de mi vida! – Suplicó Miguel.

Ella volvió a negar.

 Entonces se atrevió. Miguel se acercó un poco más para intentar ver los ojos de ella a través de las dos pequeñas aberturas donde unas pupilas azules lo escrutaban.

Pronto, como quien ha sido descubierto in fraganti, ella cedió. Decidió revelar su rostro y se arrancó la máscara. Para sorpresa y alivio, el hombre que hace unos segundos estaba mirándola fijamente había desaparecido. El polvo en el que se convirtió le dejó los zapatos sucios. Eso le agradó. Abrió su maletín y saco una pequeña pala y cepillo, igual de pequeño. Se inclino a recoger el polvo que ahora era Miguel en el suelo y los guardó en su maletín. Se quito la túnica y mostro su traje, desarreglado y manchado del café que se había tomado con algún idiota hace unos meses atrás. Comenzó a peinar forzosamente su cabello, que resulto ser lo más resaltante de su imagen.

        Hace tiempo, cuando las nubes se tomaban la molestia de convertir la ciudad en tinieblas, se tenía por costumbre usar guantes en las manos. Aún desconozco el por qué de tal situación. Sin embargo, muchas personas dedicaban gran parte de su vida al arte de cubrir sus manos con elaborados tipos de guantes, de variados diseños y colores llamativos. No sé porque, para mí, solo fueron guantes. Ahora mucho ha cambiado desde aquella época desagradable. – Se repetía constantemente la mujer a su público invisible. Su monologo era extenso y fingía ser filosófico. Ahora, sin mascara alguna, se sentó a ocupar el lugar de Miguel en la banca. Del maletín sacó un globo rojo desinflado y comenzó a llenarlo de aire, le ató una cuerda al extremo del nudo y, pacientemente, espero a que llegara el autobús.

***

Tal vez…

      Querida Luna… – comenzaba esa noche a recitar el joven.

Había tenido la oportunidad de redimirse muchas veces, de pedir perdón por todos los males que había cometido (si de verdad había maldad en su vida), pero siempre ocurría una excusa que lo imposibilitaba de hacerlo. Ahora, ante la gran diosa como testigo, se disponía a saldar sus cuentas, de una vez por todas. Nunca había sido de su agrado las despedidas angustiantes, sin embargo, unas horas antes había decidió llamar a la tonta a la cual había hecho tanto daño, si acaso querer es un mal. Ella había decidió no contestar. Quizás estaba perdiendo su tiempo con el rubio de ojos claros que había conocido en la barra de aquel bar. O tal vez era uno de esos días en los que había decidió colocarse con un poco de mate y dormir en una nube, a tal punto de que su anestesia auto provocada le impidiera hacer alguna otra actividad física, salvo redimirse a las ligeras soledades del espacio. O sencillamente no tenía ganas de atender el teléfono de aquel imbécil desalmado que la había estado acosando incesantemente durante tanto tiempo, luego de que después de una noche de sexo eso fuera todo para ella, pero solo el inicio de algo hermoso para él.

Es curioso cómo, desde un punto de vista, un final es solo un final. Pero desde el otro lado de la calle, un final es solo el espacio de sangría requerida para iniciar una nueva historia. Ahora lo sabía. Las historias no concluyen cuando se coloca la palabra “FIN” al final de la página.  Pero las cosas suelen cambiar. Él la amaba, pero ella tenía otros planes. Todo esto perforaba indeteniblemente el pensamiento y el estado de ánimo del joven, que en ese momento solo tenía una única amiga.

       … Eso es todo. – murmuro por última vez, al borde del viaducto.

Al otro lado de la ciudad, unas horas antes, un teléfono suena incesantemente mientras su dueña toma una ducha.

Nadie contesta.

***

Ana despierta.

Una cama vacía, recién desocupada. Las huellas agigantadas de alguien que camina despacio con unos pies pequeños, que recorre un sendero poco iluminado. No hay árboles. No hay viento. Despacio se acerca a lo que parece ser un claro. No hay agua. No hay más vida de la que ella lleva en sus células. Llega y observa la maquina. Una máquina para fabricar mundos halógenos. Ella sonríe, a oscuras.

                  Aun bajo la invisibilidad de la luz se ve hermosa. – Pensaría aquel que le ame lo suficiente como para negarse a entender de que eso no puede ser cierto.

Decide espantarse el cabello que cubre sus ojos para observar mejor la maquina. Paso a paso camina. Logra tocar esa parte hecha de tubos por donde pasa el combustible. Ya no hay tubos. Sobre la maquina, un italiano sin rostro se abalanza sobre ella. Grita, como nunca antes lo había hecho. Grita de nuevo ante el horror de perder la vida que le fue obsequiada, quizás sin merecerla. Decide retroceder en el camino que ahora se ilumina mientras más veloz corre. El italiano se acerca peligrosamente con la maquina. No tiene lugar a donde escapar, solo la cama de la cual acaba de levantarse. Se acuesta, sudada, temblando entre miedo y el frio inexplicable de un lugar que parece no tener atmósfera. Se cubre la cara con la cobija para no ver el horror. Escucha el ruido de la maquina acercándose. Ella se aferra cada vez más a la cobija que le obstruye toda la visión que le queda en ese mundo sin luz. Pronto el ruido desgarrador de los metales chirriantes desaparece. Silencio. El italiano le quita la cobija que la escondía y el grito vuelve a resonar en el infierno.

Ana despierta.

Cubierta entre sudores de esa terrible pesadilla. Se sienta sobre la cama y frota sus ojos para ver con más claridad la habitación. Es de color rosa, llena de peluches de felpa. Sobre la pared está el televisor. Sobre la mesa de noche está un libro, que no recuerda haber leído. En la esquina está la computadora. El aire acondicionado apagado.

                  Fue solo un mal sueño. – se repite para convencerse así misma de que no hay italianos en la habitación.

Decide recostarse nuevamente sobre la almohada para intentar recuperar el sueño. No lo logra. El ruido del teléfono empeora la situación. Se levanta malhumorada y camina por el pasillo iluminado por el poco sol de la tarde, tomar la siesta de las tres, por lo general, suele ser renovador. Este no es el caso. Llega al teléfono que parece aumentar el sonido del repique cada vez más.

                    ¿Aló? – contesta sin muchas ganas de querer entablar conversación con la persona que se ha tomado la molestia de discar su número.

                 ¿No te gustan los italianos? –  pregunta la voz al otro lado. – Te daré otra oportunidad. Esta vez, te sugiero que te ocultes debajo de la cama, no sobre ella.

Ana queda muda ante cada una de las palabras de aquel hombre extraño.

                     ¿Aló? ¿Quién eres? ¿Cómo has sabido eso? – pregunta, casi arrastrando el hilo de voz que le ha salido.

Al otro lado de la línea ya han colgado.

A lo lejos, pero no tanto, se escucha el chirrido de la maquina.

4 pensamientos en “John (Coro)

  1. chebetto dice:

    “Ana despierta” tiene ese atractivo que tienen todos los cuentos de efecto… chevere.

  2. mariitalugo dice:

    “Tal vez” es desgarrador, y Ana despierta, (sudoroso) absurdo y bastante perturbador, tengo miedo, si a Ana le sucedió eso, algunos de los moustruos de mis sueños pueden, pueden… TsadfldhEjfaslkjdfQfhgsdfhñlkñljUhjfIgIhjfgEhhhRhhgOhjhhAfhjhgMghjgIhjfhjGjhgjfhjO♥

  3. Uno como lector se envuelve bastante con el relato! muy buen trabajo john!

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