Juan (Punto Fijo)

FOTO JUANJuan Maldonado. Nacido en Punto Fijo en 1987. Actor de Teatro, miembro del grupo Skene de Maracay. Realizó estudios de Derecho en la Universidad de Falcón. En 1999, ganó el primer lugar municipal en las V Olimpiadas de Lectura y Escritura del CENAMEC. Ha participado en talleres de formación literaria en poesía, narrativa y ensayo, auspiciados por la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello.

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LA CASA DE PÁVLOV

En mi cabeza suena sin misericordia la “Danza de los Oprichniki” que aprendimos en la escuela. Nuestro Supremo Líder adora la figura de Iván El Terrible y Alexander Nevsky, sólo que casi nunca habla de ello. En esta ocasión, para infundirnos valor, nos pidió que estuviéramos a la altura de sus glorias, siendo aquéllos los fundadores de la sangre heroica soviética e inspiradores de la revolución. También me viene a la mente (o tal vez quizá, sorpresivamente, al paladar), el sabor áspero y almidonado de la Solianka de mi madre. Nunca aprecié demasiado su comida, pues me parecía demasiado “ucraniana” para mi gusto, pero sí me encantaban sus sopas. La Okroshka era mi favorita; en verano la guardábamos durante días en la única heladera del pueblo, propiedad de un judío, que nos la prestaba con la condición de que le reserváramos una generosa cantidad. Muy al fondo del pueblo, había un tobogán natural hecho de hielo derretido y lodo, que desembocaba directamente sobre el lago. Allí nos echábamos indolentes y despreocupados, sin siquiera enterarnos de la apertura del Frente Oriental. Tomábamos las piñas de los abetos circundantes y nos golpeábamos unos a otros mientras caíamos en el agua, o guardábamos algunas para hacer fogatas y chamuscar insectos. A veces nos sentábamos a jugar ajedrez con el judío, pero siempre terminaba exasperado por lo que, a su juicio, era una absoluta falta de respeto de nuestra parte hacia las más elementales reglas del juego. De pronto, un poderoso estruendo me elevó de bruces sobre la escalera donde estábamos en ese momento atrincherados, y caí cerca de las habitaciones abandonadas de la planta baja. A mi lado, Illar estaba retorciéndose de dolor mientras sostenía su antebrazo derecho, seguramente se lo había roto en la caída. En la plaza 9 de Enero, cuyas farolas centrales se veían desde el enorme boquete abierto en el derruido portal, un par de alemanes corría despavorido haciendo señas al cielo. En la retaguardia se acercaba un comando de regular tamaño con un par de cañones de asalto, apostados sobre rieles de madera, algo muy al estilo alemán. Inmediatamente corrimos al sótano todos los rusos y ucranianos, mientras que los georgianos, el uzbeco y el kazajo subieron al tejado. Llovieron las granadas y la artillería sobre el comando, el cual se movió estratégicamente entre las veredas contiguas de la plaza. Estaba reforzado con uno de sus tanques Panzer. Uno de los ucranianos, Gluschenko, junto a mí y Afanasiev, nos concentramos en el sótano, y descargamos casi la mitad de nuestro fuego pesado sobre los blindados que se acercaban tras las ruinas laterales, en su tercer intento de tomar la plaza. Gluschenko temblaba de forma inaudita tras la ametralladora, tanto que casi el trípode caía en la zanja de la trinchera. Una de las minas con las que fortificamos el perímetro estalló sorpresivamente, y vi entonces como volaban brazos, piernas, cascos y hierro chamuscado.

La voz del sargento Pávlov se escuchaba como un eco casi imperceptible en la altura del tejado, aunque por el tono se notaba que gritaba. Afanasiev asomaba su cabeza cada tanto por sobre el borde de la zanja, y al instante, luego de esconderse nuevamente, una sonora explosión. Esto sucedió unas tres o cuatro veces hasta que agotó las granadas de reserva. Los artilleros alemanes también pusieron su maquinaria en posición y descargaron duramente sobre la cornisa del edificio, en dirección al sargento y su grupo. Yo solo rogaba al cielo y a todos los héroes de todas las revoluciones del mundo que no trajesen apoyo aéreo consigo, pues eso significaría nuestro fin; con otra bomba como la de hace un momento, la estructura terminaría de ceder.

Los del tejado hicieron caer a uno de los artilleros, y eso hizo que terminaran rompiendo formación. Finalmente, Afanasiev atinó su última granada y la ofensiva fue neutralizada. Mi corazón latía con violencia; aunque todo el proceso no llevó una hora, puede que ni media, todo nos pareció eterno. Aunque no tuviera mayor importancia dentro de una orbe tan vasta y compleja como Stalingrado, nuestra casa jamás será tomada. La hemos hecho un fuerte casi impenetrable, y a cada intento de ellos de tomar la plaza que regenta sobre todo el complejo, ya casi todo en ruinas, nuestro fuego pesado los repele con contundencia.

De pronto, un súbito desfile de balas interrumpió nuestro breve respiro. Habíamos olvidado a los que irrumpieron entre el alambre de púas hacia las veredas circundantes. Nuevamente la “Danza de los Oprichniki” e Ivan Vasílievich, “El Terrible” cobraban vida en mi cabeza, y ante mis ojos, la figura de Stalin besaba mi cabeza y respiraba muy cerca. Tuvimos que correr de inmediato, pues sus botas casi tocaban nuestros cabellos. Nunca supe cómo, pero los malnacidos supieron evadir todas las minas que colocamos a lo largo de la calle. Gluschenko pudo esconderse tras una pared posterior, mientras que Afanasiev y el resto corrieron escaleras arriba a apoyar la artillería del tejado. Uno de los alemanes cayó a mis pies en silencio, sin derramar sangre. Otro logro entrar al sótano, junto a un par de cadetes rubios, casi adolescentes, en cuyos ojos hervía densamente el terror. Fueron masacrados de inmediato, sus pieles blanquísimas se transformaron en un amasijo informe de rojo y violeta. Aún quedaban tres o cuatro bajo los balcones laterales. Varios civiles que permanecieron escondidos en la casa durante el bombardeo aéreo también colaboraban con nosotros en la defensa, pero al sargento le exasperaba la ausencia de sentido pragmático de este grupo, por lo que los usó más que todo en la lucha cuerpo a cuerpo, pues poseían gran ferocidad, alimentada por el resentimiento. Vi a uno de ellos batirse con su pequeña pistola Walther, arrebatada a un cadáver enemigo.  Dos alemanes más volaron hacia la iglesia posterior.

Yo estaba apostado hacia el oeste. Mientras el estruendo imparable de las balas hacía temblar los cimientos que aún estaban en pie, veía el sol ocultarse tras las ruinas de la imponente ciudad de Stalin. El brillo y las vetas naranja y rosa en el cielo lucían hermosas. Casi sin darme cuenta me sorprendí tarareando “Gloria a Nuestra Patria Libre”, sin ningún sentimiento precisamente patriótico, sino colmado de un hastío y desesperanza infinitos. “Slavsia otechestvo nashe svobodnoie, druzhbi narodov nadiozhni oplot, partiya Lenina, sila narodnaya” “El partido de Lenin, la fuerza del pueblo…”  etcétera. Un alemán irrumpió en el portal con una enorme metralla automática con trípode, y se colocó estratégicamente entre el alambre y la zanja, colocando la máquina en un pequeño promontorio en dirección al tejado. Yo estaba muy cerca, y podía ver como saltaban tres de ellos a la zanja, antes que pudieran alcanzarlos nuestras balas. Con su fuego destruyeron parte las molduras de las ventanas superiores y hacía casi imposible responder al ataque, pues estábamos demasiado descubiertos como para posicionar un arma fija hacia ellos. Vi entonces las sombras sigilosas de los civiles, que me hicieron un seña, ellos pretendían infiltrarse en un túnel que habían construido con el fin de recibir provisiones, y que comunicaba con todas las trincheras exteriores, a fin de sorprenderlos en un combate cuerpo a cuerpo. Se sumergieron en las profundidades del sótano en una silenciosa procesión de sombras. Minutos después la metralla alemana dejó de disparar y cayó de bruces sobre el polvo amarillo. Los solados corrieron por entre las trincheras accionando sus pistolas de asalto y echando mil maldiciones en su endiablado idioma. Los civiles también accionaron las suyas y hubo un denso intercambio de disparos por algunos minutos. Esta distracción permitió a los del tejado reposicionar sus ametralladoras y disparar a los alemanes, matando de inmediato a uno de ellos. Los otros dos corrían muy rápido, y se escondían entre el laberinto de canales y las montañas de ladrillos y concreto de las ruinas. Noté un gran tumulto y varios disparos entre el grupo de civiles, habían capturado y asesinado al segundo. Sacaron su cadáver de la zanja y lo echaron fuera del perímetro, para podrirse junto a otras decenas de cadáveres anónimos, tanto nuestros como de ellos, en las deshechas calles de la ciudad. Pasaron varias horas buscando al tercero, pero luego de haber recorrido y revisado, según ellos, cada rincón del edificio, dijeron no tener rastros de él, y supusieron que simplemente había huido. No pensé que esto fuera posible porque todas las salidas estaban resguardadas. Sin embargo, esto no me preocupó demasiado ni tampoco a los demás, teníamos cosas más urgentes en que pensar, como por ejemplo en los suministros. Teníamos casi dos días sin beber agua o comer, y estábamos desesperados de sed y hambre, probablemente mañana alguno moriría si esa noche no llegaban las provisiones. Nuestro sentido patriótico era inmenso, pero tenía un límite. Todos nos echamos a descansar, pero siempre alertas, pues muy probablemente no tardarían en regresar.

Yo me encontraba afuera, solo, observando los últimos brillos del sol reflejados en las turbias aguas del Volga, muy cerca de nosotros. Incluso el débil calor llegaba aquí como una caricia, como un diminuto alivio. De pronto observé una figura delgada emerger de la puerta a mi lado, se trataba de un alemán muy joven, quizá el tercero que estábamos buscando. Primero no notó mi presencia, yo me mantuve inmóvil y sobrecogido por la sorpresa. Pero un haz de luz reflejaba mi rostro aterrado, y cuando él me descubrió su expresión se descompuso de una manera grotesca. Por un momento ambos permanecimos inertes, mirándonos fijamente a los ojos. Yo me preguntaba si debía disparar o dejarlo ir, pues estaba exhausto y débil, y el chico no significaba una amenaza en absoluto. Pero un sentimiento de desprecio, de rencor, de venganza se apoderó de mí, no tanto hacia el propio chico, sino a esta guerra, a este castigo implacable del destino, y a todos los malditos que habían asesinado amigos, familiares y compañeros  de campaña. Iba a reaccionar pero el chico lo hizo primero. Cuando notó que llevaba mi mano al cinto en busca del revólver, se abalanzó sobre mí y ambos caímos en el suelo pedregoso y frio.  El alemán trataba de quitarme el arma mientras con todas las fuerzas que me quedaban yo sostenía su mano derecha mientras con mi espalda presionaba la otra. Con mucha rapidez pude zafarme y saqué el revólver, pero en el forcejeo cayó a mi lado y fue rodando la pendiente hasta hundirse en la zanja. Entonces empezamos a golpearnos a puños y patadas. Todos los demás estaban arriba o en el sótano y no podían notar la riña bajo los balcones. Lo sostuve de la chaqueta y lo empujé hacia la pared, e iba a embestirlo, pero me propinó una patada en el pecho que me dejó aturdido. Sin embargo, pude mantenerme de rodillas y proteger mi cabeza. No creo que llegara a tener veinte años, pero su brutalidad era impresionante. Me propinaba golpe tras golpe, mientras casi lo único que yo podía hacer era protegerme. Finalmente saqué fuerzas de lo más profundo de mis entrañas y lo volví a empujar contra la pared. Esta vez me puse en pie, pero el chico sacó de su cinto un cuchillo enorme, y me tuve que echar hacia atrás.  En sus ojos pude notar una mezcla de ira con un miedo infantil, con una obsesión por la imprudencia. Me rodeaba con el arma en alto y trataba de parecer amenazador. “¡Govnyuk! “, me repetía constantemente, quizá el único improperio en ruso que pudo aprender de algún prisionero. Fue entonces cuando se me abalanzó encima y me clavó profundamente el cuchillo en una de mis piernas. Grité con fuerza, pero los demás no escucharon; yo sí podía escuchar el rumor de los pasos y los despojos allá muy arriba, donde todos estaban reunidos. El alemán sacó el arma de mi pierna y estaba a punto de clavarla en mis entrañas, hasta que de pronto el chico dio un grito de sorpresa y dolor y se retorció a lado. Alguien le había disparado. Sin pensar ni un instante le arrebaté el cuchillo y lo hundí con toda mi fuerza, con todo mi odio y desprecio en su abdomen, incluso lo retorcía y le daba vueltas. El chico me miró absorto mientras yo presionaba el arma en sus intestinos, mostrando mi dentadura como perro rabioso. Pude observar a Turganov, el uzbeco, desesperado en el portal llamando a todos, mientras corría a darle el tiro de gracia al enemigo y auxiliarme. “¡Aléjate! ¡No te entrometas!”, le grité, quien como buen estepario conocía el honor de un combate justo.

El alemán me miraba con sus ojos azules muy abiertos, casi extasiado. Su rostro enrojecido mostraba más que horror, sorpresa, estupefacción. Saqué entonces el cuchillo y con él una masa viscosa de tripas sangrantes brotó con violencia. El chico miró hacia abajo y sostuvo sus intestinos, tratando de introducirlos nuevamente a su lugar. Me incorporé, siempre mirando al joven a los ojos. Los demás llegaron enseguida, les hice una seña para que se mantuvieran atrás, junto a Turganov. En el suelo, vencido, el chico comenzó a llorar silenciosamente. Vi como se apagaba poco a poco. Dirigió su mirada hacia mí, y empezó a hurgar su chaqueta, los demás le dispararon enseguida, tras lo cual pereció sin más. El sargento abrió la chaqueta del cadáver en busca de armas, pero luego de registrarlo detenidamente junto a los georgianos, no encontraron nada. Vi entonces que la mano que hurgaba dentro de la chaqueta permanecía cerrada, aún con fuerza, me costó bastante abrirla. Descubrí dentro de ella una fotografía: era la imagen de una mujer mayor. Una mujer muy parecida a muchas otras mujeres mayores, como mi madre, y la madre de todos los que allí estaban. Al notarlo, todos permanecieron callados, y bajaron sus miradas. Tomé la chaqueta del alemán, junto a la fotografía, y fui a las orillas del Volga, me senté allí. Mientras la noche empezaba a despuntar, rompí la imagen y la fui lanzando trozo a trozo al río, mientras veía en las aguas oscuras un desfile de Oprichnik sirviendo y entreteniendo al zar Iván en una de los salones de San Petersburgo.  Allí me quede toda la noche, sin poder dormir, hasta que el sol regresó nuevamente a mi espalda, asomándose a través de las ventanas del edificio.

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DAFNIS Y CLOÉ

Alguien había pintado su divina silueta frente a la cascada. Había utilizado óleos brillantes, como el de las hojas que caían, cuyo murmullo callaba lentamente ante los pasos del amante. Tras él crecía la bruma de arpas y celestas. El rocío mojaba su cabello. Buscó la voz del río. Calló todo un día en la oscuridad de las cuevas. Subió a las alturas y se convirtió en brisa marina. Las olas golpeaban sobre el risco, muy cerca bailaban las sirenas. Ella apareció vestida de carmín de garanza, adornada con matices de témperas azules. El la miró desnudo en trazos gruesos, y deseó poseerla. De pronto, Alguien levantó su pincel, y sonriendo se dió por satisfecho. El amante permaneció allí eternamente, deseando poseerla.

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TRIBU AUKUMANE DEL SUR DE CANADA

Cientos de ojos brillantes se asoman tras los arbustos, bajo frentes pintadas. El ciervo, en la quietud, espera de reojo que levante la densa ráfaga de brisa helada, sobre las lanzas alzadas en la sombra.

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NICHIREN

Cuando el guardia imperial alzó la katana en alto, el monje cerró sus ojos, apretó el juzu entre sus manos y repitió el mantra que él mismo había creado: Nam Myoho Rengue Kyo. Esperó un momento, abrió sus ojos y vió su cabeza unida aún al resto de su cuerpo. Alzó los ojos y vió a su verdugo aún con la katana en alto, paralizado de terror.

 

5 pensamientos en “Juan (Punto Fijo)

  1. Liwin Acosta dice:

    Excelentes trabajos Juan! Se nota que eres bastante culto y que eres muy buen investigador! Contextualizar tan bien las narraciones en lugares y tiempos lejanos es un verdadero mérito tuyo! Me gustaron! Eres muy talentoso!

  2. Jesús Amalio dice:

    Juan, ¡Dios! muy buenos tus cuentos. Me encantan los micros, y sé que no es fácil escribirlos, cuesta, no todos pueden. Y tú lo logras, me gustaron todos los cuentos, pero en particular NICHIREN, porque sugiere, y ese es el truco de los Micros, que sugieran, que alboroten la imaginación de los lectores.. Que veamos la punta del barco, e imaginemos el resto. Y eso lo logra ese cuento muy bien, la historias florece, y florece, crece en la imaginación aun cuando ya terminamos de leerlo.Nos deja ratos pensando, imaginando, soñando. Bien hecho, Espero verte en el encuentro.

    P.D: ¿Te consagras al sutra del loto?

    • Juan dice:

      Muchas gracias Jesús! Si, yo soy practicante del budismo de la escuela de Nichiren, y por ende devoto del Sutra del Loto. Ese cuento está basado en un episodio real de su vida, llamado “persecución de Tatsunokuchi”, y que tiene gran significado para los seguidores de sus doctrinas.

  3. Leí el primero y ya puedo decirte mucho. Tienes mucho talento, Juan. Lograste emocionarme, no salí en ningún momento de ese cuento.. ¡aplausos!

    Acabo de leer los restantes, ¡excelentes! Espero con ansias conocerte y escucharte recitar.
    ¡Un abrazo!

  4. entretenidos. saludos .

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