Luis (Punto Fijo)

luisLuis Daniel, 25 años, Profe irreverente con túneles y tatuajes, posee el record de más apuestas ganadas a estudiantes que han tenido que bailar luego para él, tanto el Opa Gangnam Style como el Harlem Shake, entre otras penitencias.  Ludópata, le encanta la cerveza, la pizza (y casi cualquier comida chatarra aunque prefiere ante todo una arepa rellena con carne mechada) el beisbol (y todos los deportes donde se pueda apostar). Cree en la generación Beat, en los Poetas Malditos, en los consejos de Bukowski, y en los secretos que le cuentan sus gatos. Defensor de los derechos de los animales a través de vías nada pacíficas. Ha amado a más animales que personas. Fascinado por la violencia convenida, el boxeo, las artes marciales mixtas; miembro del grupo Febrero, detesta las visitas inesperadas y casi todo lo que sabe lo aprendió del cine (incluyendo el Cine Porno, por supuesto) Metalero desde los 4 años de edad (no es joda) aunque de vez en cuando mete cacho con el Hip Hop y la música electrónica, entre otras tendencias urbanas alternativas, Licenciado en Lengua y Literatura, Maestrante en Orientación Educativa, actualmente da clases en UNEFA, adscrito al departamento de investigaciones de dicha universidad y lucha por ganar cargo fijo en la UNEFM. Se vacila la nota de ser un docente muy bien conceptuado sin dejar de ser él mismo.

(Micro crónicas del A-DIOS)

Jesús es mi hijo, pero soy yo quien lo imita a él.

Adivinen quién soy.

 

 “el mejor truco que inventó el diablo fue el de convencer al mundo

de que no existía. Y así desapareció” (Keyser Sozé-Sospechosos habituales)

1

Luego de 12 años de encierro, de rutinas, torturas y 37 cosas más; recordó porqué estaba allí, llevó su mano al bolsillo, sacó unas llaves, se fue. Aún lo recuerdan como el loco que los engañó a todos.

 

2

 Labios rojos, medias rotas y falda corta; sabes que es ella, no dejes de mirarla antes de que se marche con el humo hacia las horas sin sol.

 

 

3

No sé si existió, pero yo la hice… La vi bajar de la tarima, perderse entre rostros, más nunca la vi.

 

4

-Lavate la cara, al menos- le dijo antes de verlo marcharse hacia el resto de su vida.

5

Cuando la brisa más agitó su cabello, ella volteó, lo vio, se arrepintió… Ya era demasiado tarde.

El Pavo Claudio

Exhibía su barriga como quien expone un orgulloso trofeo, sudoroso y peludo. Una correa lo suficientemente extensa rodeaba su cintura y la enorme insignia en medio de la hebilla terminaba de engrotesquecer la escena. Claudio, el pavo que siempre fue mascota de la casa, esta tarde, sobre la mesa, bajo el cují, sabía que las cosas serían distintas. Claudio es un pavo que alguna vez fue comprado con el fin de luego convertirse en una suculenta cena, pero Juana, la hija del señor de la apoteósica barriga, se encariñó con él y a partir de semejante cursilería nadie se atrevió a pensar en Claudio como futuro alimento. La niña le puso de nombre Claudio porque algún imbécil creyó que era gallo y en alusión al personaje del reconocido cómic norteamericano hizo el comentario de que podría llamarse Claudio y a Juana le pareció acertado.

Esta tarde, después de varios años de la llegada del pavo, el padre de Juana respira agitadamente, Juana murió hace tres días a causa de leucemia y desde entonces no se le había visto al señor por la finca, hoy reapareció ebrio, con la camisa mal puesta, el sobrero torcido y juraría que hasta el bigote le lucía fuera de sitio. Se le notaba amargado y nadie se atrevía a hablarle, se sentó en la silla frente la mesa debajo del cují y empezó a amolar su cuchillo mientras acariciaba al pavo. Claudio posaba sobre la mesa con un aire de que comprendía la situación y sabía lo que estaba a punto de ocurrir. A un lado de Claudio estaba una botella a medio tomar, destapada, que se tambaleaba sobre la mesa a cada golpeteo que el ebrio daba sobre ella, en un ridículo gesto de hombría que asustaba a todos los de la casa que aún en luto por la muerte de Juana, vestían de negro y no sabían si abrir los ojos de asombro o entrecerrarlos para seguir llorando a la niña. El barrigón seguía amolando su cuchillo y cada tanto se tomaba un trago del whiskey que bailaba sobre la mesa donde Claudio aceptaba las rústicas caricias del hombre cuyas manos todavía asquean a doña Gertrudis, quien desde lejos observaba y sentía pena por el pavo.

Cada caricia del panzón era para el pavo el recordatorio de que esta tarde todo sería distinto, diferente a lo que cualquiera pudiera esperar y fue justo cuando el viejo gordo extendía hacia el cielo el brazo con el cuchillo en la mano, que Claudio saltó sobre él, empezó por asestar cuatro picotazos veloces sobre la garganta del hombre cuya papada temblaba al ritmo en que chorreaba borbotones de sangre antes de caer al piso. Un impulso involuntario de una de sus piernas terminó por tumbar la mesa y dos segundos después yacía en el piso, con uno de sus ojos desorbitado mirando al otro que se encontraba a un metro de distancia. Claudio pudo perforar la enorme y grasienta barriga hasta penetrar su estómago, exponer su contenido y luego extraer los intestinitos como quien saca medias enormemente largas del cesto de ropa sucia, cuentan que se marchó con pedazos de tripas en su pico y los más osados se atreven a asegurar que se llevó consigo la media botella de whiskey.

 

Maldito Tatsumi

 

Quise escribir una historia acerca de una pareja de ancianos, una pendejada sobre el amor, la cotidianidad y los monstruos del hastío, pero me dio soberana ladilla hablar de algo que desestimo y ni me interesa. Luego pensé en la vida de un tipo que adoraba su mascota pero que a causa de una debacle económica optó por donarla a un zoológico donde el primer día, el resto de sus congéneres la asesinaron y devoraron salvajemente, pero ya Tatsumi había hecho algo parecido. De verdad estoy obstinado, alterado, me levanto, corro, grito, ¿Pero qué coño? ¿Qué más da? Si aunque quisiera, no podría atravesar la pantalla y caerte a coñazos, todo es una mierda. ¡Cuanta razón tenía Tren Loco!

“Se agotaron las ideas pero no el dolor”

 

 

LOS QUE VUELVEN

(Leer escuchando “Pet Sementery”

de The Ramones)

 

No lo hubiera creído si no lo estuviese viviendo en persona, si no estuviese respirando aire frío de horror, si mis manos no sufrieran destellos sísmicos que me recuerdan que a pesar de mi temperatura aún estoy vivo, y no digo que lo veo con mis propios ojos porque la penumbra que se derrama en esta habitación nubla mi visión hasta dejarme solitario en la desierta isla de mis pensamientos estériles que aun se bañan en la ridículamente utópica idea de que existe alguna posibilidad de escapar. En esta habitación en la que la única compañía es una mesa destartalada, una vela, un papel arrugado y un terror que cala hasta los huesos, resulta absurdo dedicar lo que seguramente son mis últimos segundos como figura completa, de una sola pieza capaz de respirar, a escribir estas líneas que nadie leerá, en un papel que seguramente se extinguirá junto a mis trozos de carne descuartizada. Pero es que no puedo evitar intentar refugiarme en palabras, me asfixia una ansiedad inhóspita disfrazada de niña, quiero creer que todo es un sueño, que una luz se encenderá y se intensificará hasta cegarme y un segundo más tarde despertaré. Nunca me gustaron las visitas inesperadas, odié tantas veces escuchar que tocaban a mi puerta, pero esta noche lo aborrezco desde lo más profundo de mis vísceras, y es que si por lo menos estuviera escuchando en estos momentos un saludo articulado no me embriagaría esta sensación jadeante de incertidumbre y pánico voraz. Los gruñidos, acompañados de ese sonido indescriptible que refleja lo que parece ser un hambre de mutilación, son dagas filosas que rozan mi espalda como quien juega con una cucaracha antes de aplastarla.

Todos los vellos de mi piel se erizan en tropel de sólo imaginar un susurro a mi lado, pero cuando esa puerta caiga no existirá sutileza en este mundo, sé que todo sucederá muy rápido y que nada de lo que pueda imaginar ahora podría hacerme prevenir y evadir lo que es una realidad inminente. Hay balbuceos atroces al otro lado de la ya desgastada madera de la puerta y sería muy deshonesto de mi parte decir que aunque conozco mi futuro, no vaga en mí un pequeño hálito de esperanza. Siento que floto en un vilo de miedo, en una especie de limbo espeso de incertidumbre, no logro ver nada y en lo grueso de la oscuridad sólo puedo imaginar dientes amarillentos que rechinan como tenedores en la mesa a vísperas de que se sirva la cena, cada golpe asestado a la puerta retumba en mis entrañas y quisiera correr, esconderme, cubrirme, pero cada vez que me cubro de un patético optimismo, hay una roñosa mano que aparta ese manto de esperanza y me deja desnudo ante la realidad que mis escrúpulos no podrían negar.

 

Si no lo estuviese viviendo no lo creería, tantas veces me burlé de mi abuela al comentarme sobre esas creencias brasileñas heredadas de ancestros africanos, siempre pensé que todas esas oraciones, objetos, y rituales eran tan sólo una vaga invención de la bastante desgastada pero ingeniosa imaginación de una anciana que buscaba lograr en nosotros un dominio a través del terror bañado de fábulas creadas con el único propósito de convencernos a los más jóvenes de comernos todos los vegetales o esa maldita sopa de los domingos por la tarde. Recuerdo que me parecían detestables los trozos de hueso sin carne dentro de aquel caldo amarillento al que tantas veces me rehusé a probar y que finalmente terminaba consumiendo en su totalidad seguido de un cumplido obligatorio a regañadientes. Jamás hubiera pensado que lo que mi abuela me contaba con su estampa de matrona del amazonas, que todos esos relatos provenientes de aquella señora de oscuras carnes, fueran ciertos.

Inclinado sobre esta mesa siento que en mis hombros se posa una enorme verdad milenaria, me abruma ese sentimiento molesto de que lo que está sucediendo afuera es algo de lo que alguna vez me hablaron pero me rehusé a creer. Una mueca desagradable aterriza en mi rostro mientras me descubro preocupándome porque la llama de la vela no toque este trozo de papel, no sé si busco evitar un posible incendio, lo cual es sumamente absurdo, o si por el contrario más bien me inquieta la todavía más ridícula idea de preservar lo que acá escribo como si de verdad alguien fuera a leer estas líneas que gestan mis temblorosas manos. Este papel, bañado de sudor, tinta y terror, podría ser en un falso futuro, la prueba de que no comprendo nada en lo absoluto de lo que está sucediendo en este instante, jamás sentí tanto miedo, jamás me sentí tan desorientado, incluso admito que he intentado rezar un par de veces pero he desistido de la idea porque no he sabido cómo hacerlo y luego trato de consolarme a mí mismo refugiándome en una arrogancia hipócrita tratando de convencerme de lo inútil que sería creer esta noche en lo que nunca creí, pero de nuevo los relatos de mi abuela se asoman en la ventana de mis recuerdos para ridiculizarme una vez más.

 

En reiteradas ocasiones le escuché decir cosas en una lengua que me era indescifrable, infiero que sería algún tipo de dialecto africano heredado de sus antepasados, la verdad no lo sé, no sé nada, pero esta noche imagino el rostro de mi abuela y la poca seguridad que pudiera acompañarme se desvanece cuando recreo su redonda y brillante cara diciéndome cosas incomprensibles para mí, acompañada de una carcajada que se desplaza en ecos regados en la inmensa sombra que viste a esta habitación. Nunca he creído en la magia, pero quizás vi mucha televisión y los mitos americanizados sirvieron de venda para mis ojos que hoy desearían poder mirar algo más que esta mesa y esta hoja, me invade un terror inimaginable de sólo pensar en tomar la vela y apuntar hacia la puerta, pues si bien es cierto que la curiosidad siempre me caracterizó, lo que me aguarda detrás de ella, eso al otro lado del mundo, es algo que desearía no ver nunca, aún cuando no sé realmente lo que es. Quisiera mentir, decir que estoy armado de un valor profundamente heroico, que tengo en mi poder armas poderosas, que lucharé por mi vida hasta el final y que estoy convencido de que saldré victorioso; pero la realidad es otra muy distinta, casi podría asegurar que escribo palabras tartamudas. Corrientes frías acarician mis cabellos y hace rato dejé de sentir mis pies, mis labios están secos, áridos, una gota va viajando por mi espalda hacia el sur pero sé que antes de caer se convertirá en estaca, tengo miedo.

 

Crecí escuchando por todas partes que lo único irremediable era la muerte, pero ahora que lo recuerdo, mi abuela siempre dejaba volar una carcajada ante semejante afirmación. Cuando mi gato Toñito murió teniendo yo tan sólo cuatro años de edad fue una ruda lección de vida, algo bastante paradójico tratándose de la muerte, pero su partida fue toda una enseñanza para mí, esa tarde de sepia aprendí que poco, por no decir que nada dura para siempre, en ese instante comprendí que es mejor aprovechar todos los momentos que pasamos junto a seres queridos porque más temprano que tarde la vida puede fugarse en una suspiro y terminamos arrepintiéndonos de no haber aprovechado mejor el tiempo. Cuando Toñito entró por la ventana de la cocina agonizante por los vidrios molidos alojados en sus intestinos, esos trozos asesinos que la vecina había colocado en un preparado mortífero de atún y carne molida y que desgarraban brutalmente sus entrañas, comprendí que mientras sus enormes ojos pardos se iban apagando y los míos se inundaban, era mejor simplemente aprovechar el tiempo, exprimir al máximo las oportunidades, pero nunca logré entender por qué mi abuela sonreía como quien conoce una verdad ineludible que los demás no comprenden.

 

Mi mentón está ligeramente poblado y no paro de rascármelo como reflejo instintivo de la ansiedad que me posee, mis manos están extremadamente intranquilas y si pudiera, de seguro usaría ambas para escribir. Ríos de sudor emanan de mi frente volviéndose paracaidistas acuosos que aterrizan sobre este papel húmedo de tinta, sudor y un par de lágrimas que no me apena confesar. Toco mi cabello frenéticamente, acaricio mi cuello, deseo ser tan sordo como lo ciego que me encuentro en esta habitación, no quiero escucharlos pero me es inevitable, no sé cómo está el mundo allá afuera, pero un rayo de luz entra por una de las rasgadas maderas de la puerta y casi me paralizo cuando mi mirada se encontró con una ojo perdido con vasos dilatados, y casi puedo sentir cómo ellos desprenderán mis miembros para saciar su hambre mientras esparcen mi sangre como pinceladas esquizofrénicas por toda la habitación.

 

Mi abuela todas las noches echaba los restos de la comida sobrante del día al callejón que dividía nuestra casa de la de la vecina y siempre nos prohibió acercarnos a ese espacio hasta que en una oportunidad apareció en la cocina con unos rasguños y gritó algo acerca de que los que vuelven no serán jamás los mismos que alguna vez fueron. Esa fue la última vez que echó los desperdicios al callejón, recuerdo que la sangre corría por el exterior de su antebrazo y se dirigió apresuradamente a un cuarto en la casa al que jamás entré, yo la seguí, ella entró y dejó la puerta abierta, me era imposible observar más que su espalda que se perdía en las sombras vivas dentro de aquel cuarto y recuerdo que me paralicé cuando desde el umbral de la puerta vi cómo se volteó y con una mirada fulminante me ordenó alejarme y cuando había dado ya un par de pasos la puerta se cerró estruendosamente tras de mí

 

Ya han destrozado gran parte de la puerta, las tablas caen hechas trizas, introducen sus manos venosas y decrépitas por los espacios que emergen de la madera destrozada y casi puedo sentir sus uñas y dientes rasgando mis carnes, ellos regresan de la muerte y quizás yo también lo haga más tarde.

 

 

CAYENDO

La brisa acaricia mis cabellos como cuchillos que deslizan sus afiladas hojas sobre un papel grueso y áspero, casi puedo oír como el viento susurra a mis oídos en forma de zumbidos, como si de un diálogo de abejas se tratara. Voy cayendo desde el piso 73 y no puedo sentir más que libertad. Sé que nadie me mira, pero es justo pues yo a nadie miro tampoco, cierro los ojos un instante para de inmediato volverlos a abrir tras reflexionar en una fracción de segundo acerca de todo lo que vi en mi vida y no quise ver, y que ahora es momento de deleitar mis ojos con algo que si valiera la pena, el impacto del mundo estrellándose contra mi rostro totalmente despreocupado. la velocidad jamás fue mi fuerte a pesar de ser alguien de cuerpo esbelto y atlético, y me resulta paradójico cómo ahora, sin esforzarme un poco siquiera, alcanzo velocidades que gestan hormigas en mi estómago y que no dejan de moverse como alteradas por lo que se avecina, como tratando de alertarme acerca del inminente impacto. Siento que los botones de mi camisa desean escapar del inevitable choque contra el concreto, como si desprendiéndose de la tela pudieran retar a la invencible ley de la gravedad. Sigo cayendo, ye debo ir por el piso 23 más o menos y no me preocupan demasiadas cosas, sólo me tiene consternado el hecho de que no puedo girar como he visto que lo hacen los paracaidistas, voy cayendo en posición rígida, con los brazos bien abiertos, esperando el duro abrazo del piso, con el cabello alborotado, la ropa estrechamente ceñida a mi cuerpo en la parte frontal y creando un extraño y voluble arco en la parte trasera y caigo… y pienso… y caigo y pienso, en que no es el mundo el que se estrella contra mí, sino a dos segundos de sentir la aplastante caricia del suelo me doy cuenta de que siempre fui yo el que se estrelló contra él, cierro los ojos, recuerdo la reflexión de hace un segundo pero… ya fue muy tarde para volverlos a abrir.

 

Los Fantasmas También Se Asustan

La vida de un fantasma no es nada fácil. A uno lo tropiezan, lo empujan, lo pisan, y nadie, absolutamente nadie te pide disculpas. Por muy anciano que uno sea, nadie te cederá un puesto en el autobús, y si por casualidad llegas a encontrar un asiento desocupado hay que pensarlo bien para ocuparlo pues muy seguramente luego aparecerá alguien que también querrá sentarse allí y eso sí que sería incómodo. Nadie le pregunta a uno cómo se siente ni nada de eso, ¡coño! ¡Por dios! Uno está muerto, tan siquiera por morbo deberían preguntar cómo fue que uno falleció, si fue que un marido celoso le metió un tiro a uno, o lo atropelló un carro, ¡qué sé yo! En fin, son vainas que ni uno mismo sabe y quisiera averiguar, en serio. La verdad es que no tengo la más remota idea de quién soy. Y… bueno, me da mucha curiosidad, quisiera saber si en vida fui un escultor, o un taxista, ¡o qué se yo! Mariqueras existenciales que le dan a uno el fantasma. Esto de ser fantasma es bien aburrido, nadie conversa contigo, lo más cercano al diálogo es cuando me siento en algún oxidado banquito de una plaza y un mendigo demente y amante de practicar soliloquios balbucea un par de palabras que por mera casualidad encajan con lo que uno haya comentado en el momento. Yo ya me cansé de ser amable. Nadie me contesta los buenos días ni en las paradas de autobús, ni en las plazas, ni siquiera en esos cafetines donde los empleados parecen estar más muertos que yo. No, es que en serio esto de ser fantasma es una vida muy dura, por eso he decidido hacer un cambio en esta situación. Es normal querer llamar la atención, todos los fantasmas lo hacemos alguna vez, hay quienes le meten el pie a algún pendejo que vaya cruzando la calle, algunos que hayan visto mucha televisión buscan irrumpir en algún hogar y mueven los objetos que estén dentro de esa casa, casa en la que no debe haber perros porque esos coños de madre sí lo ven a uno. Las personas creen que uno no siente, que no padece. Pero nada más alejado de la realidad, es cierto que no nos pueden observar de manera física, pero si tan sólo prestaran un poquito de atención lograrían notar nuestra presencia, pero no los culpo, a veces no notan siquiera la de ellos mismos.

Anoche caminaba por una de estas tantas calles que me recuerdan que la peor de las soledades es la que se vive en medio de una multitud y pensé: ¿por qué no hacer algo para invertir la situación? No sabría decir la hora (está de más explicar que los fantasmas no nos preocupamos por llegar tarde a ningún lado) pero lo cierto es que una serie de eventos me hicieron llegar a tal conclusión, un borracho caminaba calle arriba pateando una lata como quien arrastra sus sueños a patadas, llevándola siempre delante de él, como odiándola y al mismo tiempo sin querer perderla de vista, era un tipo algo desaliñado pero que a juzgar por su vestimenta no era un mendigo ni nada parecido, vomitaba palabras carentes de sentido pero logré entender  algo acerca de zarpar en la mañana hacia Colombia, la verdad es que no le presté demasiada atención al asunto en ese primer momento, momento exacto en el que en alguna casa, de dos plantas seguramente, Alexis, un chico de contextura escuálida, cabello liso color castaño y manos tan delicadas como una suave mañana luego de hacer el amor (ya ni eso recuerdo cómo es) desliza sus finos y prolongados dedos sobre las teclas de un celular, yemas que juegan a surfear sobre esos dígitos, como copulando con letras y números. El rostro de Alexis refleja total parsimonia luego de tenderse sobre la cama de su habitación, lanza una mirada por la ventana y esta se pierde en la ciudad al mismo tiempo que sus suspiros crean una órbita de total satisfacción. Al otro lado de la comunicación, Elio, un alto moreno de aspecto falsamente varonil recibe en su teléfono los textos más ardientes, eróticos y sobretodo prometedores de toda la noche. Ambos forman parte de la tripulación del barco atunero que a la mañana siguiente zarpará hacia aguas colombianas tal como lo profetizaba el borracho.

Como buen fantasma que soy, suelo perderme a veces en mi propia soledad, por enésima vez diré que esta vida de muerto no es nada fácil. A uno se le olvidan las vainas y… ¡bah! Ya no sé ni que estaba diciendo, en fin, la cosa es que en medio de la noche, luego de que el borracho siguiera su camino y seguramente se haya desmayado y vomitado encima, y luego de que Alexis y Elio se despidieran por mensajes de texto tras seguramente haberse masturbado cada uno en su cama gracias a los mensajes del otro; noté algo que me paralizó: ¡Alguien me veía! O esa era la impresión que daba pues, inmediatamente, o mejor dicho, luego de recuperar mi cordura, me dirigí hacia ese chico, noté que en efecto sus ojos estaban posados sobre mi estampa, mas no parecía estar bien, estaba como fuera de sí, luego comprendí que el joven simplemente estaba “volando” pues en su mano derecha, aparte de un extraño tatuaje en forma de araña, pude notar también un maltrecho “porro” de esos que se enrolan con papel de bolsa de panadería. El joven reflexionaba en voz baja acerca del mismo viaje del que hablaba el borracho, el mismo que para Alexis y Elio sería un crucero romántico. Pero para este joven la realidad era distinta, y es aquí donde me resulta más espeluznante aun la cuestión, el chico imaginaba cómo sería morir ahogado, pensaba en la sensación de no tener oxigeno, de tragar tanta agua hasta que sus órganos se revienten haciendo que la acuosa órbita donde se encuentre se tiña de rojo por la sangre expulsada directamente de los pulmones. Yo observaba con detenimiento su mirada, estaba perdida. Su cabello, ondulado y enmarañado, describía en cierta medida sus pensamientos que eran los imprecisos engranajes de una máquina infinita. Él, el chico que me miró se llama Daniel, es de esas personas introvertidas, retraídas, tiene una extraña cicatriz en su cuello y su rostro es en verdad un poema, su fobia a morir ahogado no es más que la multiplicación de sus angustias a causa de fumar marihuana, expresando con su cara un terror que se viste de paciencia, una mirada parsimoniosa, perdida en la ciudad y con ojos desorbitados quizás no del todo a causa del “scum” que para el momento consumía. Lo que me resultaba aterrador de aquella escena es cómo supe todo eso sobre Daniel cuando él ya había parado de mover sus labios muchos minutos antes. Fue una sensación muy extraña, el me miró, lo sé. Pero no le dio importancia, en cambio para mí sí fue abrumador saber que recorrí las calles de sus pensamientos sin darme cuenta siquiera de cómo lo logré.

Horas más tarde, en el muelle de la localidad, frente a mí estaba la inmensa embarcación, esa que me serviría de herramienta para escapar del hastío de esta vida de fantasma tan aburrida y que haría que mi obra maestra apareciera en todos los periódicos de la ciudad a la mañana siguiente. Mi plan era llamar la atención al más puro estilo de un terrorista, y aunque sería de manera anónima, me llenaría de satisfacción saber que sería yo y sólo yo el causante de la desgracia que inundaría las páginas traseras de los mas amarillistas diarios.

Ya en el muelle todo seguía siendo igual, me ignoraban, nadie notaba mi presencia. Se encontraban allí más de veinte personas, entre ellos estaban Alexis, Elio, el borracho y Daniel. Me coloqué frente a este último y comprobé que era producto de mi imaginación aquello de que él me había logrado ver, sin embargo medité un poco sobre cómo entonces yo entré en su mente, pero luego no le di suma importancia, tenía un plan que llevar a cabo. Entré al cuarto de máquinas y me instalé allí, sabía que ese era el sitio ideal para sabotear el viaje. Las horas transcurrieron, el barco hacía horas que ya había zarpado y consideré que era el momento justo para ejecutar lo planeado, me había dado unas vueltas por la embarcación y todos estaban en su sitio, muy ocupados, excepto Daniel que una vez más fumaba marihuana, esta vez  en la cubierta del barco, cerca de las barandas, mirando las profundidades del océano tal como yo miraba sus pensamientos que en ese momento eran del color de la leche, sin embargo su mirada me hacía sentir incómodo, sonará raro pero verlo me hacía sentir frío. Estando ya casi listo para llevar a cabo mi obra maestra oí unos pasos que se acercaban a donde yo estaba, sabía que nadie podría verme, sin embargo la curiosidad me hizo decidir esperar a ver qué ocurría. Alexis y Elio irrumpieron por la pequeña puerta, como dos adolescentes apasionados, se confundían en besos y caricias, la lengua de Alexis recorría el cuello de su amado como lo haría el más sediento mercenario al lamer una botella de agua en pleno desierto. Las manos de ambos jugaron a ser niñas exploradoras, uno experimentó con la anatomía del otro hasta que alguien más entro al cuarto de máquinas; el capitán del barco y el borracho eran la misma persona, y no sólo eso, tenía un tercer rol en esta historia como padre de Alexis. El orgullo machista no podría ser herido más mortalmente que de la manera en que acababa de ser apuñalado el de este señor. Enseguida se tornó violenta la situación, golpes iban y venían, pero seguramente no agredían más que la sarta de improperios que se gritaban unos a otros. El ambiente era en verdad hostil, me pareció que debía ejecutar mi plan inmediatamente pues sentía que la cosa se estaba poniendo fuera de control y que quizás por ello no lograría cumplir mi cometido. Me alejé un poco de aquel acalorado círculo de golpes e insultos y cuando me proponía a crear el caos en los controles, apareció él; Daniel. De nuevo sentí miedo, estaba nervioso por la situación, pero recordé que hacía horas él no había podido verme y que entonces no era más que producto de mi imaginación aquello de que él notó mi existencia en aquella calle. Daniel entró pero su mirada de nuevo estaba perdida, no le presté mucha atención, traté concentrarme en lo que quería lograr pero algo me hizo voltear, Daniel estaba pálido y goteaba sangre por su nariz, al ver su ropa noté que estaba completamente húmeda, y el terror me invadió por completo cuando me miró a los ojos profundamente y con una mirada confusa me dijo: ¿tú también estás muerto?

 

No Sé Donde Estoy

Estoy sedada, mis piernas flaquean pero aun así logro ponerme de pie. Esta habitación me parece familiar, creo haberla visto cuando niña o algo parecido, pero… ¡DIOS MÍO! ¡Jamás con esas horrendas imágenes en las paredes! Hay fotos por doquier de mutilaciones sexuales. Esto es en verdad asqueroso. ¿Dónde coño estoy? ¿Qué es este lugar? la iluminación es totalmente rojiza, parpadeante y opaca. Siento que la luz titila al ritmo de mi acelerado corazón. Me siento débil, mareada, creo que me recostaré en un rincón. Pierdo la conciencia, no sé si alucino pero… me pareció oír una puerta abrirse, ojalá sea alguien que me ayude… ¡SÍ! ¡Es un médico! o… eso parece, pero… ¿qué hace un médico aquí? ¿Dónde carajos estoy?

Se quita el tapabocas pero no distingo bien su rostro, ¡OH! gracias a dios es mi padre. Pero… ¡papá! ¿Por qué me miras así? ¿Qué es eso que traes en tus manos? ¡Papá! ¡Papá! ¡no! ¡Por favor! ¡AUXILIO!

2 pensamientos en “Luis (Punto Fijo)

  1. Carlos dice:

    jajaja aun no supera mi bio

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