Sergio (Chile)

Aún no me gustan las biografías en tercera persona así que soy Sergio Santiago Mastro, nací un 16 de octubre, soy de Temuco, Chile. Mapuche, voyeur, estudiante de la Facultad de Letras: Lengua y Literatura en la Universidad Autónoma de Chile. No me gustan los cinturones, ni los relojes, ni las carteras. De Mercury aprendí a componer y me he quedado en este mundo, haciendo de mis letras un eco del surrealismo.

Últimas Ganas.

“…He had it coming, he had it coming

 He took a flower in its prime

And then he used it and he abused it

 It was a murder but not a crime…”

Cell Block Tango.

                Su cabeza golpeó con potencia la almohada. Siempre era violento, en parte,  por eso lo odiaba. Apretó los párpados, era necesario para el cumplimiento del ritual que la salvaría. Las manos callosas, tibias y sudadas, le reventaron la blusa y la falda, dejó que  le amasara los senos porque lo odiaba, que le pasara la lengua por los pezones, por la clavícula, la cara incluso, pero no la boca, tenía que ser cuidadosa, la incompatibilidad de sus labios era hoy una ventaja. Él sabía que no se amaban, y poco le molestaba, con tal y aceptara no aceptarlo, complaciéndolo como ahora lo hacía, a la fuerza, siempre a la fuerza, su corazón se oprimía emocionado ante la idea de la violencia, de la oposición mustia que nunca estorbada, al contrario, era el incentivo, el combustible alternativo que el amor le mezquinaba.  Ella sintió la cara de él en su ombligo, bajando, el pubis, bajando, dientes, mordiscos enérgicos. Y asombrada notó excitación, una excitación que daba por perdida entre días monótonos, engaños  y encuentros forzados. Una señal clara, premonitoria de que iba a ganar esta batalla. No fue necesario que usara la fuerza, ella abrió sus piernas con fingida obediencia, decepcionándolo un poco. La boca se aprontó a chupar apresurada sus tejidos blandos, eréctiles, con la voluntad de un cabrito sediento ante el jugo materno que le da la vida. Siendo esto la analogía inversa, la contradicción,  pues vida sentía ella, alzándose desde el calor bajo el vientre, desde las manos fuertes aferrándose a sus muslos, desde la barba rasposa rozándole la entrepierna, desde la lengua mentirosa escribiendo con últimas ganas letras desconocidas en su clítoris. Entonces, aquí viene el calor, subiendo,  el paraíso fugaz y húmedo de un orgasmo ganado, merecido, la vida robada duplicando la suya. Él gime y aparta el rostro con la barbilla bañada en jugos, propios y ajenos. Y ella gime con mayor convicción ante su agonía, ante la baba blanca, ante la fuerza perdida. Ya él no se mueve, su cabeza cayó inmóvil en el pubis. Ella suspira triunfante, con un movimiento de cadera y dos patadas, lanza el cuerpo desarticulado de su agresor en el piso, toma un pañuelo, y sonriendo, se limpia los restos de cianuro de la vagina.

 

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