Zakarías (Bqto)

zacaZakarías Zafra Fernández (Barquisimeto, 1987).  Escritor y músico. Profesor universitario (Universidad Centrooccidental Lisandro Alvarado) y Docente-investigador del Conservatorio Vicente Emilio Sojo. Autor de los libros de poesía “Quinquenio” (2009) y “El bemol de los latidos (2011). Ganador del concurso nacional “Découverte de la Francophonie” 2012, otorgado por la Embajada de Francia en Venezuela. Desde 2009 se desempeña como productor y conductor del programa radial “Sonidos de Vanguardia” (Fama 98.1FM-Circuito Éxitos) y articulista del diario regional “El Impulso”. Cursa actualmente la Maestría en Literatura Latinoamericana (UPEL) y una Especialización en Periodismo y Ciencias de la Información (Universidad Miguel de Cervantes, España).

 

La témpera de los venados

 

Ella estaba ahí. Todos sus hijos la rodeábamos. Sufría, gemía lanzando un eco estéril pero amplísimo, como de salutación de ángel. Una inmensa estría la dividía en dos hemisferios. Un camino rojizo con cientos de peldaños en carne viva la atravesaba, desde la comisura de los senos hasta más allá del portal abigarrado de su vagina. Todos creíamos que estaba embarazada. Que algo había eyectado de su cuerpo aquel biberón encarnizado, aquél chupón de carne y verruga uniforme que era su ombligo.

Creíamos que estaba embarazada, pero fue en el equinoccio de otoño y todo su vientre se llenó de aire y vacíos. Sí, vacíos plurales, recipientes de soledad, compañías de urnas y fosas que emiten silbidos al ser atravesados por la materia halitosa de los vientos. Así era su barriga, cataclísmica, catatónica, inflada del espíritu teologal de la soledad -con la impronta de su misma muerte-.

Estaba atardeciendo. Estoy segura. Aquella sustancia viscosa que salió de su vulva era cromáticamente idéntica a lo que se dibujaba en el cielo. Todos esperábamos curiosos, me recuerdo. Mamá gritaba, sufría. Un hombre que no supe reconocer se le acercaba y le lamía la frente. Otro, mucho más pequeño, le acordonaba los dedos de los pies con un tejido parecido al cuero. Entonces ella gritó. Lanzó un interminable quejido que nos chorreó la sangre. Los hombres salieron corriendo y ella despertó.

–          Talitá, kum!- gritó una voz sudorosa oculta en una de las pimpinas que tenía mamá para los días de sopor.

Y despegó su tronco de la cama, quedando en una insólita postura suspendida, pero horrendamente gravitacional. Se apagó la luz. Oscurecía. Volvió a dormirse.

Un hombrecillo con una extraña capa roja entró por la ventana, montado sobre un venado (o una especie de antílope que tiende a darse en las regiones de alta presión arterial, según las escrituras) y desenvainó una navaja afiladísima. Nos pidió silencio, a lo cual accedimos porque de cualquier forma no podíamos emitir palabra, y acto seguido se montó con el venado en la cama y clavó la navaja en la boca del estómago de la encinta, dándole vueltas como dibujando una runa o un petroglifo de alguna tribu extraviada en los silencios de la historia.

El enano agarró su cuchillo con toda su fuerza y siguió el camino de la inmensa estría que la dividía: abrió en dos la barriga de la mujer y extrajo de ella algunas cuerdas, unos tejidos similares a las redes de pesca, unas hamacas con estampados amerindios y un conglomerado de tierra y glucosa que en nada podía parecer un sistema intestinal. Guardó todos aquellos artefactos en una bolsa de terciopelo en el lomo del venado y se introdujo dentro de su barriga.

–          Talitá, kum! – volvió a gritar la voz ahora con un tono de nodriza y sonaron las pezuñas desesperadas del venado que salía por la ventana.

Volvió a atardecer, como si de nuevo surgiera la noción del tiempo y nos preguntamos si así había sido el nacimiento de cada uno de nosotros, si nos unía algo más que el condicionante aturdidor de la sangre, o si ese nuevo hermano que venía había sido producto del rito esotérico del sexo o partícula eyectada de una fabulación infantil (cigüeña o venado) que a razón de nuestra erudita desesperanza, vendría a ser casi lo mismo.

***

Disección

Son tres horas y hay una víctima en la casa. Hay visita. Tres veces por semana, hasta las once. Un hombre no agarra un cuchillo por casualidad, sin saber qué es lo que ama ni quién le busca. Pero en las vísceras se generan los romances, como esos pequeños pórticos condenados (ombligos, ano, orejas) donde los placeres regresan sin ecos.

El amor se segrega debajo de la lengua, así como el ícono del frenillo tiende a poner raciocinio en los encuentros porales. El olor agrio de las muelas es odio, o su comienzo. Todavía hay luz. Una hora para el cultivo del crimen.

Hazme daño porque te amo. Empezamos por las lágrimas. Son más saladas si te introduzco esto (-). Ahora mírame, sonríe. Hay felicidad. (Lágrimas alcalinas. Espesor polivalente). Me gustas.

Un golpe en el estómago y un hematoma perseguido entre las tetas. ¿Por qué me amas tanto? Quiero saberlo. En el pecho alguien siembra una bomba ridícula que le da tonalidades inversas a la sangre. (Sangre de comunión, sangre de sacrificio, sangre amatoria). O plaqueta de amante sana. Late por mí. (Me siento idiota). Una tumba poética son tus pulmones o tus costillas. No sé de medicina. Solo cuestiono el fundamento de las emociones.

Aquí hay una mentira. Mira cómo se contrae el intestino. ¡Ajá, una mentirita negra! ¿A quién has amado antes? (…)

Ahora hay silencio. Llegó el apagón general de los viernes. Vamos a tomar una copa, que serán tres horas. El vino sabe marcar los senderos.

Te he amado a ti nada más. Límpiate. Pero no me dejes. Créeme. Un hombre no agarra un cuchillo por crédulo. Él sabe lo que busca, pero no quién lo ama. No dormimos juntos. Se acabó el día.

Son tres horas violentas. No hay gritos. Una vela encendida por el siglo y esta estampa para que te proteja. No hay luz ni comida. Tómalo. Como pasatiempo. Pero afílalo antes. Duele menos, como cuando eres virgen.

A eso iba. Empiezo a preguntarme por esa cárcel elástica de tantos bienes culturales. Voy queriendo esa tradición uterina que han seguido tus hermanas. Tengo una erección y tu malla espera, se expande. No voy a hacerte daño.

Hay que perdonar algunas falsaciones. Con una sutura ya puedo volver a mí. Eres una niña buena. Tu obediencia te salva.

Yo te cierro y vuelvo a vestirte. Te gusta el hilo rosado, para que seas mi muñeca. Un hombre no puede enamorarse sin cuchillo. No puede amar sin explorar las honduras de su objeto. Aún cuando este le cause ternura.

***

 Desvarío causado por la persecución de un hombre, un segundo antes de despertar

 

            Treinta y ocho… treinta y nueve… cuarenta… cuarenta y uno… Me estoy quemando.  Siento como si el demonio mismo me estuviese empalando y cocinando en su hornilla.  Me siento como una vaca herrada, perforada por un inmenso hierro al rojo vivo.  Se me están destajando los pies y tengo las piernas electrocutadas. Siento como hierve mi culo y me estallan miles de bachacos ardientes en la espalda. Tengo los senos duros. Duros pero muertos. Una lava incandescente me sube desde la vagina a la garganta como una savia asesina que después me derrite la cara.  Me siento terrible.  Sudo una extraña gota viscosa.  Me cuesta ver.  Esta fiebre me está matando.

¿Quién es ese que me persigue? ¡Que me deje en paz!  Estoy con mi hija pequeña y este hombre no me deja.  Se ríe y no respeta.  ¿Quién eres? ¿Quién eres? ¡Responde!  Pero no me responde.  No sé qué va a hacer.  Me está mirando, escondido en un árbol, disfrazado con una máscara de diablo y una cachucha de soldado.  Me está mirando.  Se va a acercar…  Se acerca.  Me voy corriendo pero estoy riendo.  ¡Viene detrás de mí!

Me caí de la cama. Me siento encerrada en este cuarto, derretida en éstas sábanas carcomidas en candela.  Estoy viendo todo grande, agigantado.  Aspiro, exhalo.  El techo se me cae encima. Una fuerte luz me encandila. Puede ser mi lámpara. No hay ventanas, no me está entrando aire.  Estoy como muerta.  No.  No estoy muerta.  Estoy corriendo como loca y ese hombre gigante me persigue.  Tiene el pelo negro y chamuscado, está joven, poderoso.  Sus brazos son como piezas de puerco que tratan de alcanzarme.  Yo sigo corriendo y él me grita algo que no le entiendo.

¿Quién es este hombre que me mira con gula?, que me perturba con su cara tosca y puntiaguda, que me gusta, que me extasía, que me está haciendo el amor.  ¡Qué divina manera de hacer el amor! ¡Qué manera de desgarrarme con su anzuelo! Su boca está salada. Huele a piedra amarga. Sabe a mar, a joven.  No me di cuenta que estamos en la playa, que estamos desnudos. Mi hija llora envuelta en el vientre de una aguamala mientras yo sigo mareada en este huracán, saciada de esta bestia joven y hombruna que hace lo que le da la gana con mi carne.

¡Qué hombre tan joven y tan exquisito! ¡Tanto tiempo que no sentía así!  Que no sentía que me explotaban doscientas burbujas de aceite por todo el cuerpo. Como si me descorcharan mil veces para beberse mi espumante podrido. No sé qué va a hacer ahora.  Nunca sé.  Se está levantando para llevarme a otras latitudes. Tiene una escopeta. No. No.  ¿Para dónde se va? ¿Por qué te alejas? ¿Por qué me dejas sola, desnuda y con una hija?  Pero no se fue.  Recuerdo que lo perseguí por la orilla de la playa, enamorada de su espalda y de su masa muscular monstruosa.  Me quedé con él y le entregué mi hija.  Le entregué cuanto tuve al hombre que me perseguía.

Cuarenta… cuarenta y uno… cuarenta… miro hacia los lados, hacia las lajas de mi pared, al techo que me cae encima, a la cama que me atrapa y me retiene con una desolación de infierno.  ¿Quién es este? ¿Quién es este hombre que está a mi lado? ¿Quién es este anciano que respira por la boca, que huele a incienso y orine?… No puedo dejar de mirar su cuerpo flaco y arrugado, andrajoso, hediondo. ¿Quién es este viejo horroroso que está dormido con la boca abierta, chorreando saliva con una escopeta al lado? ¿Quién es este maldito pez muerto al que se le infla y desinfla asquerosamente la barriga?  Me asustan sus manos temblorosas cosidas a la cama, manchadas y arrugadas. ¡Auxilio! ¡Auxilio!, ¡sáquenme de este asilo y de ésta cárcel con este viejo achicharrado que no hace otra cosa que dormir y babear!

Ahí sentí una cascada fría sobre mi frente y cuarenta… treinta y nueve… treinta y ocho… Volví a voltear a donde estaba él y vi que estaba despierto. Se había asustado por mi retozo y mis aullidos. Se me quedó mirando igual que un molusco enfermo, con los ojos negros muy líquidos y muy abiertos.  Yo, con la voz ahorcada de tristeza y sabiendo que no me iba a poder oír, le dije una frase que me nació de la médula: Hombre mío, mi rey bendito.  ¡Ay! mi fiera sabia, cómo te pusiste de viejo…

Él se chorreó tres gotas en el pantalón y volvió a quedarse dormido.

*

Zakarías Zafra Fernández, 2013

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19 pensamientos en “Zakarías (Bqto)

  1. Jesús Amalio. dice:

    zzzzzakasiazzzz Zzzzafra.
    ¿Cómo le va? Me guzzzztó. El último de zzuzz cuentozzz. Los demazzz lozz zeentí. algo Friozzz. Zzzaludozzz. Ezzpero verlo en el encuentro.

  2. mariela lugo dice:

    que gusto me da leer sus escritos, lo considero muy talentoso, me agradaría comunicarme con usted. soy poeta y me gustaria hablarle de mi obra que sigue engavetada…felicitaciones.

  3. Jesús Madriz dice:

    Amigo, excelentes tus cuentos; en especial Disección. La narración está muy bien lograda.

  4. Gabriela Velazco dice:

    ¿Talitá Kum? ¿Evangelio según San Marcos?
    Los que se multiplican, los que que sufren, los que padecen, los que lloran, los que enmuden… Es un relato lleno de vida y de muerte.
    ¿Son ideas mías o encuentro un choque religioso en tus relatos?
    En cuanto a lo demás, me gusta la descarga de imágenes que proyectan cada uno de ellos. No encuentro otras palabras que los definan mejor que: relatos vivos.
    Con Desvarío causado por la persecución de un hombre, un segundo antes de despertar, se erizó la piel y se me congelaron las manos. Me encantó.

    • Gracias por tus palabras, Gabriela. Creo que “relatos vivos” es el mejor elogio. Has dado una buena lectura. La teología me apasiona (y la estudio). Hay una fuerte disputa de contenidos: la vida, la resurrección y la muerte. Sí,es San Marcos y la hija de Jairo, uno de los episodios más fascinantes. Te abrazo.

      • Gabriela Velazco dice:

        Gracias a ti por compartir con nosotros tus textos. Yo a penas estoy conociendo un poco la palabra. Tengo un gran amigo teólogo, del que he aprendido mucho. Aunque las religiones son otro tema. A mi también me encanta ese episodio. Hasta el momento el se ha metido debajo de mi piel se encuentra en el Génesis. La historia de José. Me cautivó hace muchos años. Un abrazo, nos vemos.

  5. “Anatómico” Creo que es la primera palabra que viene a mi mente con tus textos, sobre todo con “Disección”, me gusta esa voz que tiene la narración que puede ser confusa para el lector y juega con su mente.

  6. Ramiro Sanchez dice:

    Interesantes tus cuentos, como dijeron en alguno de los comentarios están entre la poesía y la narrativa pero siempre lo veré como narrativa.

  7. Juan dice:

    Tus cuentos están, creo yo, en esa delgada línea entre la prosa poética y la narrativa (inclinándose a mi modo de ver el segundo cuento más hacia lo primero), lo cual me parece divertido e interesante. No tengo ningún derecho a criticar la temática, simplemente opino, como forma de pensar muy particular, que esa “crudeza”, ese “raw, brutal, violent, and bloodthirsty horror” me parece algo trillado.

    • Creo que, si lees bien el texto (no puedo proponer una interpretación hegemónica), te darás cuenta de que el argumento no es el bloodthirsty horror, sino la exploración del cuerpo como hecho de violencia. Ya sea sexual, sensorial, “amorosa”, la agresión se representa aquí como una búsqueda, como una penetración (disección) al territorio hermético de la carne. ¿Trillado? Gajes del oficio. Un saludo.

  8. Me encuentro con una curiosidad excesiva por saber cómo recitas tus cuentos.. ¡Nos vemos!

  9. Jose Alberto Zambrano Depool dice:

    Me gusta la crudeza, si se cabe el adjetivo, con que es descrito el escenario en”desvario causado por loa persecucion de un hombre, un segundo antes de despertar”. A parte que el nombre es muy llamativo, muy “daliniano”. Jose Zambrano.

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